El niño soldado

Durante el conflicto armado interno, Sendero Luminoso secuestraba menores de edad, los llevaba a campos de concentración y los adoctrinaba. La mayoría de peruanos piensa que solo las fuerzas subversivas reclutaron forzosamente a los “niños soldados”. Pero estas prácticas también ocurrieron dentro de las Fuerzas Armadas. Hoy conoceremos a Juan Chávez Pérez, quien fue alejado de su familia y llevado contra su voluntad a la guerra en Ayacucho.

¿Sabías que durante el conflicto armado interno secuestraban menores de edad y los adoctrinaban? Muchos peruanos piensan que solo Sendero Luminoso enajenaba a los “niños soldados”, como fueron llamados. Pero estas prácticas también ocurrieron dentro de las fuerzas armadas. Hoy, conoceremos a uno de ellos.

Guía de escucha:

Narrador: Cuando era niño, Juan Chávez Pérez veía a los soldados en los desfiles militares. Observaba sus trajes. Le gustaba cómo lucían y solía decirle a sus padres que quería ser como ellos. Con el pasar de los años, el niño dejó esa idea y empezó a soñar con ser ingeniero. Pero a los 17 años, el destino le deparó otro futuro.

Juan: Simplemente como cualquier muchacho próximo a cumplir 16/17 años uno se inscribe. 

Narrador: Todo ciudadano peruano debe inscribirse obligatoriamente en el Registro Militar al cumplir 17 años. Para este proceso, debe acercarse a alguna de las Oficinas de Registro Militar de la Fuerza Aérea, Marina de Guerra o Ejército del Perú. Juan eligió el Ejército porque la Unidad de Registro de Comas quedaba más cerca de su casa. Todavía recuerda la fecha.

Juan: 2 de junio de 1987. Sí, me acuerdo. Me fui cambiadito. No tan elegante pero como un muchacho. Me despedí de mi mamá y papá. Salí de mi casa a las 5:30 de la mañana porque vivo en la Avenida Perú y tenía que ir hasta Comas. Me fui ahí y ya no regresé. 

Narrador: Juan llegó a las 6:30 a Comas, fue guiado por unos militares y conducido al interior del local junto a otros muchachos de 16 y 17 años que, como él, venían por su boleta militar. Un suboficial se acercó e indicó a sus subordinados que muevan a los jóvenes al baño. Todos estaban apegados, no podían sentarse ni girar. 

Juan: Hasta que abren la puerta de nuevo y dicen: «salgan en forma ordenada, los vamos a  atender. Todos en fila a la calle». Entonces le digo a un soldado, yo llegué tempranito. «Sí, no te preocupes», me contestó.

Narrador: Juan salió y se topó con dos filas de soldados y un camión del Ejército. Dio sus primeros pasos y uno de los soldados lo golpeó con la culata de su arma y le dijo.

Juan: «Sube concha tu madre o te subimos». Ahí fue el inicio de esa etapa. El servicio militar era obligatorio. Pero en mi caso, en ese tiempo existía la palabra ‘leva’. ¿En qué consiste? No interesa que tú seas estudiante, padre de familia, si no has cumplido el servicio militar obligatorio: adentro. Eso me pasó a mí.

Narrador: La ‘leva’ fue una práctica frecuente de las Fuerzas Armadas. El objetivo era incorporar forzosamente a personas, mayormente jóvenes, al servicio militar, privándolos de su libertad. No fueron hechos aislados, sino una práctica que se hizo por años y que fue “popular” durante el conflicto armado interno.

Juan fue trasladado a la décimo octava división blindada, ubicada en el Rímac. Ahí permaneció una semana, pero su estadía no fue nada agradable.

Juan: Todavía no éramos nada. éramos ‘levados’ nada más. Los militares nos asustaban, nos metían miedo. Porque yo al principio no sabía nada.

Narrador: Juan y sus compañeros pensaban que se quedarían en Lima el tiempo que durase el servicio militar.

Juan: Pero el segundo día, los soldados nos decían: «aliméntese bien, coman bien porque allá van a morir como perros». “¿Dónde?¿Por qué nos van a matar?”, les respondí. “Coman no más. Engorden”, nos dijeron.

Narrador: Al tercer día los muchachos pudieron conversar con un soldado y obtuvieron respuesta. 

Juan: “Ustedes no se van a quedar acá, los van a mandar a Ayacucho. Los están enviado como carne de cañón”, me respondieron. 

Narrador: Al oír la respuesta, Juan recordó las noticias: policías asesinados y los atentados que lo ponían nervioso. Luego de la impasible respuesta el joven preguntó.

Juan: ¿Por qué no los mandan a ustedes?. “Si nosotros nos vamos quién se queda en el cuartel. Somos los únicos que quedan». me dijeron. 

Narrador: Los días pasaron y los soldados ofrecieron ofertas a los ‘levados’. 

Juan: Te miraban y te decían: “te doy 10 ‘lucas’ por tu zapatilla. Te doy 10 ‘lucas’ porque igual lo vas a perder. Junta tu platita”. 

Narrador: A Juan le ofrecieron 20 soles por los zapatos que llevaba puesto, el novato se negó, pero le advirtieron que se los quitarían. Durante el día, los nuevos reclutas se levantaban a las cuatro de la mañana, corrían durante horas y aseaban el cuartel. Lógicamente llegaban cansados al anochecer.

Juan: Dormíamos 100 en el suelo, no teníamos cama ni frazada. No solo fue ese día. Éramos muchos. 

Narrador: Juan se quedó dormido profundamente, al despertar se percató que no llevaba los zapatos puestos.

Juan: Entraban a robar los militares mismos. Se robaron mis zapatos, el reloj. A uno que tenía un polo o casaca bonita, te agarraban entre dos, te tiraban una frazada, te envolvían y te quitaban las cosas. Te tapaban la cara.

Narrador: Juan decidió vender su pantalón para tener algo de dinero. El militar al que se lo vendió le entregó un pantalón viejo y 10 soles. Los robos no era lo único con lo que Juan y los otros chicos tenían que lidiar, la alimentación fue otra de las pesadillas. Comían en gamelas, bandejas que se usan en la milicia y tienen divisiones para la sopa, el segundo, una fruta y agua. 

Juan: Éramos miles de muchachos. No había suficientes gamelas para cada uno. Entonces en una sola gamela comíamos cinco o seis.

Narrador: Los encargados de cocina les servían seis porciones de segundo, sopa y agua.

Juan: Todo encima, como una mazamorra. Era tanta el hambre que teníamos, que nos peleábamos por eso. Esa mezcla que parecía un vómito pasaba bien.

Narrador: Juan pasó una semana en el Rímac, no permitieron que se bañe en ningún momento ni que tenga contacto con sus familiares. Su madre, de 62 años, lo buscó en las morgues y cuarteles de Lima. También fue a la UR de Comas, pero le dijeron que ningún Juan Chávez Pérez estuvo ahí. La madre de Juan no fue la única, miles de madres y padres buscaron a sus hijos que fueron por el registro militar y no regresaron a sus casas. 

Juan: Cuando mi mamá fue al Fuerte Rímac, miles preguntaban como ella, nunca les dijeron nada, ella nunca se rindió y siempre preguntó junto a mi hermana. 

Narrador: El día que Juan fue trasladado a Ayacucho, su familia preguntó nuevamente por él. Un oficial les dijo que vayan al Cuartel Bolívar en Pueblo Libre. 

Juan: “Ahí pregunten, nada más les puedo decir”, les dijo. Ahí recién informaron a mi mamá que Juan Chávez estaba en Ayacucho, mi madre casi se desmaya. No es bonito, esa pena, tristeza y rabia de mi mamá no se va

Narrador: El día lunes nueve de junio de 1987, a las cuatro de la mañana, Juan Chávez Pérez fue despertado, golpeado y obligado a subir a unos camiones que lo trasladaron a un avión militar: ese día viajó a Ayacucho.

Juan: Tenía ganas de llorar. En un momento estaba en Lima y media hora después estaba en Ayacucho.

Narrador: Juan ingresó por primera vez al fuerte Los Cabitos, recuerda que el sitio era inmenso e imponente. Fue recibido por soldados con la cara pintada que portaban metralletas. Uno de ellos vio a los nuevos reclutas, les apuntó y dijo: «Pobre que quieran escaparse».

Juan: Toda la perrada la pasamos allá, toda la masacre la pasamos allá. El ejército es el ejército y recibes tu masacre hasta que sepas manipular armas, servicios básicos y muchas cosas más. Yo lo soporté, pero no me agrado. No me gustó el trato, las humillaciones. Te hacen tragar tierra, tragar perro muerto, cualquier cosa. Hasta la pólvora te hacen tragar. 

Narrador: En la educación castrense se cree que al consumir pólvora, un soldado se pone bravo, porque supuestamente, pierde el miedo. Pero ningún ser humano estaba preparado para esa guerra: las bajas de cientos de compañeros de Juan se hicieron comunes en Cabitos, todas las noticias de bases más pequeñas llegaban ahí.

Juan: «Oe causa, promoción, hubo enfrentamiento. Ahora van a traer los cuerpos», les decía a mis compañeros. Salían cinco o seis helicópteros, en media hora escuchabas que regresaban. La gente se acomodaba y buscaba sus sitios. El fuerte está pegado al aeropuerto. Trepábamos a los torreones y observamos, veíamos los muertos que traían y nos enterábamos. 

Narrador: La primera vez que Juan vio a sus compañeros fallecidos se quedó perplejo.

Juan: eso me pasó por ‘sapo’. Le digo a uno de mis amigos que me deje chinear. El helicóptero ni siquiera tocaba el suelo. Como cuando vas al mercado y ves que descargan los sacos de papa, así los descargaban. Los soldados caían así. Los de la enfermería están cargando a los muertos en los camiones y llegué a ver otro.

Narrador: El miedo no era ajeno al resto de la compañía. Excepto para el grupo de choque, más conocidos como los Linces. o al menos eso era lo creía Juan.

Juan: Los linces, compañía especial lince. Todos esos muchachos, promociones mías llegaron más avezados. Todos estaban locos, ante una emergencia ellos salían al choque, a lo que venga: o mato o me matan. Era muy difícil hablar con ellos, tenían su propia zona, si invadías su zona te linchaban.

Narrador: Sin embargo, una anécdota hizo que Juan se diera cuenta de que en Los Cabitos nadie se encontraba bien.

Juan: Una noche que dormíamos, en la madrugada empezó a sonar bala en el cuartel. Tocan la señal de alarma, ante esa señal, todos debemos de salir. Todos corrimos al almacén, chape un armamento, chape más cacerinas. El suboficial nos dice que volvamos al almacén y guardemos los armamentos, pero se seguían escuchando los disparos.

Narrador: El suboficial no los dejó ver más, les dijo que durmieran y una orden siempre se respeta. El estruendo no paraba y Juan no sabía qué ocurría, pero todo, tarde o temprano, se sabía en el cuartel. Así, cuando Juan despertó a la mañana siguiente se enteró de que uno de los linces despertó en la noche y empezó a disparar. Todos los compañeros salieron asustados y llamaron a un oficial. Él venía con la pistola cargada para abatir al soldado. 

Juan:Hijo que pasa, por qué disparas”, le dijo. “Teniente, parece que nos quieren atacar, respondió el lince. Mire teniente, lo que pasa es que he estado durmiendo y de pronto he sentido la presencia de un zancudo, lo he visto bien y me he dado cuenta que es un zancudo terruco. Por eso he ido a mi almacén y he sacado mi armamento. Creo que ya lo maté porque no lo veo”, respondió.

Narrador: El teniente guardó su arma y le dijo a su subordinado que el zancudo fue abatido, le quitó el fusil y le dijo que hablaría con los altos mandos para que lo condecoren. El enajenado soldado fue llevado a la enfermería, le dijeron que le darían una pastilla para el resfriado. 

Juan: Lo durmieron al final, le pusieron calmantes y lo trajeron a Lima, ya estaba mal.

Narrador: Los enfrentamientos contra las fuerzas subversivas de Sendero Luminoso afectan la salud mental de Juan y el resto de la compañía, pero una comerciante mayorista lo aterrizaba a la normalidad.

Juan: Un teniente pedía seguridad para ir al mercado, pero nadie quería salir porque eran las 4 de la mañana. Recuerdo que íbamos a hacer un ensayo de desfile, eso no me gustaba. Así que le dije al teniente que iba a ser la seguridad.

Narrador: El teniente ya tenía su casera, la señora los conocía.

Juan: “Hola, Juancito”, me decía. Yo iba por su hija, de la edad de nosotros. No recuerdo su nombre. La tercera vez que yo voy, la señora empieza a ‘vacilarlo’ al teniente: “Teniente, una preguntita, ¿sus soldados no comen?”. “Estos no comen, tragan”, le respondió. “Pero los veo todos flacos”, le contestó.

Al costado del puesto de la señora, vendían desayuno. La señora decía que les den desayunos a todos: dos panes y lo que pidan.

Narrador: Juan pedía pan con lomo, quinua y quaker, es uno de los pocos momentos felices que rescata de su estadía en Ayacucho. Sin embargo, la felicidad se convirtió en ira. Juan se apuntó para llevar los víveres, pero… 

Juan: Al llegar a la portada no nos dejan salir. El teniente dice que tenemos que ir al mercado a comprar los víveres. Se le aproxima otro oficial y le cuenta algo, el teniente se acerca y nos dice que ya no vamos. 

Narrador: A las nueve de la mañana, Juan recibió una trágica noticia 

Juan: Dicen que en una camioneta bajaron tipos encapuchados y con metralletas y granadas y mataron a la tía. A todos les metieron bala, a su hija. Destrozaron todo. A la señora le lanzan un letrero que decía: “así mueren los soplones”. ¿Pero qué soplón? Cuál soplón, si tu eres negociante, tienes que vender, no interesa a quien vendas, es tu negocio. Era buena gente, La chica recién se estaba iniciando en la vida. Morir de esa forma es horrible. La muerte de ellas fue algo absurdo, algo que no me gustó. Más que nada, sobre eso, le agarré un odio grande a los ‘terrucos’, hasta ahora.

Narrador: El odio a los terrucos, como Juan los llama, era generalizado en Los Cabitos. El cuartel fue escenario de violaciones a los derechos humanos. Según el informe de la CVR, 138 personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas en este recinto.

Juan: El servicio de inteligencia daba los datos: dirección, lugar, todo. Salían los comandos: oficiales, suboficiales y tropa. Lógicamente salían camuflados como ‘cholitos’. Llegaban al sitio indicado y hacían la captura, recuperaban armamento. Todo ‘terruco’ que era capturado y traído a Los Cabitos ya no salía, desaparecía. Los ‘fondeaban’. Quiere decir hacer un hueco y te desaparezco.

Narrador: Juan afirma que nunca participó en las capturas. 

Juan: Por mi viejita, yo me cuidaba al máximo. Trataba de no salir a operativos, no salir a patrullas. 

Narrador: Pero recuerda un interrogatorio en particular: un terrorista fue herido en un enfrentamiento, al intentar huir recibió un impacto de bala en el tobillo y fue capturado.

Juan: Lo trajeron a Los Cabitos, a la enfermería, y todos estábamos viendo eso. Llamaron a un oficial de la policía, era un moreno grandazo. Lo empezó a golpear, los gritos se escuchaban: lo hacía gritar. Le vio la herida y ahí en la  misma herida, estando con bala y todo, lo golpeó.

Narrador: Por más que ya estaba acostumbrado a las torturas, para Juan era sorpresivo que vinieran a golpear a alguien. 

Juan: Uno a veces decía pobrecito, pero luego pensaban que si es ‘terruco’ está bien que lo maten a ese concha de su madre. Cuánta gente habrá matado. Cuántos niños habrá matado. Todo se paga en esta vida.

Narrador: Así como los terroristas mataban personas inocentes, militares en Cabitos hicieron lo mismo.

Juan: Está la mano de todos: la Marina, el Ejército, la FAP, Policía y los ‘terrucos’. Es complicidad de todos. Era una época muy difícil para un militar y un policía. Inteligencia daba un dato y la  gente iba. Cuando entrábamos a la casa, encontrábamos una granada, una bandera roja. Entonces yo te pregunto: “qué significa esa bandera” y me respondes que no sabes nada. O sea, vives en esta casa y no sabes nada. Tú como militar no les puedes dar la espalda que tal si sacan un cuchillo o una metralleta y te matan. 

Narrador: Juan es consciente de que fue parte de las Fuerzas Armadas que asesinaron a hijos, esposos y hermanos. Si encuentra a alguno de los familiares de los desaparecidos les diría:

Juan: Que lo recuerde con cariño, porque de hecho nunca más lo va a encontrar. Está enterrado quién sabe dónde. Que lo recuerde bien y que siempre se acuerde de él y que le pida ayuda. Las almas de los muertos nos ayudan. Esa es mi creencia.

Si yo tengo la certeza de que hubo un error le pediría disculpas, pero si tengo mis dudas no le pediría disculpas. Que lo recuerde con alegría, quizá tomó un mal camino o todo fue un error de las Fuerzas Armadas.

Narrador: Juan llevaba en Ayacucho cerca de año y medio desde el reclutamiento forzoso del que fue víctima. No pensó que las cosas podrían ir peor, pero un telegrama enviado de Lima trajo consigo un triste anuncio 

Juan: “Urgente venir a Lima. Urgente papá fallecido”.

Narrador: Juan pidió ser trasladado a Lima en tres oportunidades: todas las solicitudes fueron rechazadas, pero la muerte de su papá permitió que abandonara Cabitos y Ayacucho. 

Juan: Me sentí triste, mi mamá se quedó solita. Mi mamá era anciana, por eso me dieron el cambio.Se me salieron unas lágrimas, ella también se sorprendió de verme porque después tuve que regresar. 

Narrador: El soldado tuvo que cumplir el resto del servicio militar en Lima, se sintió aliviado. Ya no tenía que patrullar en Ayacucho: había logrado escapar de la guerra.

Juan: No quiero volver, los recuerdos me ponen muy mal. Todas las cosas que me perdí. Así es la vida. Me tocó. Odio a los terroristas y también odio al gobierno, odio al ejército. Es como que un niño está con su mamá y está acostumbrado a su mamá. Agarra ese niño y llévatelo, aléjalo de sus padres y sácalo de su mundo. Es chocante, el niño va a llorar. Me tomó bastantes años superarlos, pero todavía tengo recuerdos.

Narrador: El niño que admiraba a los militares, confiesa Juan, no existe más. Pero algunas de sus frases muestran atisbos de inocencia de aquel pequeño que quiso ser ingeniero y cuya candidez fue arrebatada por un Estado que lo secuestró, vulneró y convirtió en soldado. 

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Jimmy Leonardo

Médico por inducción, periodista por convicción. Ciudadano del Perú y huésped de hospitales. Escribo por y para mamá.