El dilema antivacuna

Desde el mes de diciembre, para hacer muchas de las cositas que te gustan tendrás que presentar tu carnet de vacunación con los 2 pinchazos. Con el anuncio, no tardaron en aparecer los opinólogos en redes sociales que rechazaban esta medida gritando libertad. Pero sus delirios no tienen asidero.

Por trabajo paso gran parte del día en Instagram. Sí, suena como una excusa para estar colgada de mi teléfono el día entero, en especial porque Instagram, junto a la cafeína -aunque ese es otro tema- es una de mis dos adicciones.

Bueno, al punto: en una de esas mañanas navegando entre lunas de miel en islas de ensueño, mascotas con disfraces, y una que otra foto de bebés, me topé con una cosa rara, que pensé no encontrar aquí, y menos en el 2021: una influencer antivacuna peruana. 

Había visto muchos de estos personajes en Instagram antes, pero usualmente eran de otros países (ejem…Estados Unidos), pero jamás había encontrado una aquí, tan cerca. La señorita (que no voy a nombrar directamente) lamentaba a través de sus historias, a vista y paciencia de sus miles de seguidores, que no la habían dejado entrar al cine, ya que no contaba con carnet de vacunación. Luego siguió una cola de mensajes hablando acerca de control mental, 5G, el chip de Bill Gates, reptilianos, y más (o algo así, ya saben a lo que me refiero). Paranoia, pura y dura.

En este tipo de discurso antivacuna son frecuentes las menciones a métodos preventivos alternos. Y no, no hablo de la popular ivermectina, o el infame dióxido de cloro, tan sonados antes de la llegada de la vacuna a nuestro país. Me refiero a otro tipo de curas, unas más holísticas, “naturales” y que no requieren un pinchazo en el hombro. La comunidad antivacuna no es ajena a recurrir a medicina no tradicional, como el uso de aceites esenciales, en rechazo de las inyecciones. 

Ahora, esto no es descartar el valor de la medicina ancestral –tan difundida en nuestro país– en pro de las prácticas médicas occidentales. Después de todo, en el Perú se han utilizado hierbas, plantas y otros insumos naturales para tratar males por siglos antes de la llegada de los europeos. Pero, lamentablemente, hoy en día nos vemos amenazados por enfermedades -como el Covid-19- que no pueden prevenirse con otra cosa que no sea la milagrosa vacuna.

Todos somos libres de decidir qué hacer y qué no con nuestro cuerpo, y de tener nuestra propia opinión al respecto, obviamente. Pero el caso de las vacunas es particular: el no vacunarte (sea contra el coronavirus, hepatitis, paperas, etc.), no solo pone en riesgo tu salud, sino también la de todos alrededor. En una balanza, el derecho a la salud pública pesa más que la libertad individual. 

¿Quién no se contagió de sarampión en el cole, o de influenza en el trabajo? Eso de que “la libertad de uno termina donde empieza la de otro” se vuelve más cierto que nunca cuando hablamos de vacunación. Hasta un punto, podría considerarse egoísta el no querer vacunarse. No solo por los demás que sí lo hemos hecho, sino también (y más importante aún) por todos quienes quisieron hacerlo, pero lamentablemente partieron antes de que la vacuna esté disponible. 

Pero si agarrarlos por la emoción y la moral no sirve, hay otro argumento que los antivacunas peruanos deberían tomar en consideración para repensar su decisión: Desde el 10 de diciembre, para entrar a locales públicos como malls, restaurantes o cualquier comercio, vamos a tener que presentar un carnet de vacunación completo. Este también será un requerimiento para las empresas de más de 10 empleados que quieran regresar al trabajo presencial. Incluso se habló de dar “muerte civil” a no vacunados, pero ya salió el Minsa a calmar las aguas (que no panda el cúnico. Si de algo muere un antivacuna, NO es de eso). 

Poco tiempo les queda para sostener su pobre discurso libertario. No hay nada más cierto que el derecho que cada uno de nosotr@s tenemos sobre nuestro cuerpo. Pero ¿qué pasa cuando nuestra decisión nos convierte en un peligro para los demás? Dénle unas vueltas.

María Paula Torres

Amante de las comedias románticas y las siestas por la tarde. Quisiera que el día tuviera 25 horas y la semana 8 días. Ocupo mi tiempo libre con series y soñar despierta.